En la época en la que leí LCAPEV de la Vecina Rubia se desencadenó sobre mí la peor etapa estival en mi vida hasta la época. Conforme leía sus páginas, casi como una macabra premonición, acaecían hechos similares y reflejos. Golpes, uno tras otro. Sin tiempo a reponerse ni oponer resistencia. Fatalidades que me hicieron sumirme en un pozo negro y profundo que llevaba sin visitar desde el año 2018. La mayoría de la sociedad hemos padecido la enfermedad cuya pronunciación da más pavor que decir Voldemort bien en propias carnes bien a través de un familiar o amigo que hemos visto consumirse poco a poco y gota a gota con ese líquido que mata al cáncer pero te va matando agónica y lentamente.

Es imposible no empatizar con las lágrimas de aquel que se sumerge en la experiencia por primera vez o que por desgracia la revive una y otra vez esperando el amargo desenlace. Y a veces sintiendo el remordimiento de pedir al cielo que el suplicio y el sufrimiento desaparezcan, aunque en su lugar haga aparición el duelo, como si la calma y la tempestad hubiesen intercambiado sus roles.

Leí una vez que venimos a esta vida a sufrir más veces que a experimentar felicidad. Y de lo más hondo del dolor brota y germina el arte latente. Porque la pena es el interruptor que hace erupcionar al volcán y sacar de las entrañas lo más visceral, bruto y sin las limitaciones que se nos imponen por el entorno.

Las hermosas elegías, las canciones de desamor más desgarradoras, los poemas sangrantes y las pinturas producidas por la furia del desasosiego. 

La pintora mexicana Frida Khalo plasmó el sufrimiento que la acompañó a lo largo de su vida: en el óleo La columna rota expresa las consecuencias físicas sobre su cuerpo, huellas permanentes del accidente que sufrió y la dejó coja; y en otros cuadros que componen su arte son constantes sus numerosas hospitalizaciones y abortos.

La niña enferma de Edvard Munch representa a su hermana menor, Sophie, en su lecho de muerte a causa de una tuberculosis cuando apenas contaba la edad de quince años. 

El Guernica de Picasso fue fruto de una mezcla de sentimientos como el dolor, la rabia y la  indignación tras conocer los lamentables hechos acaecidos en Guernica (España) el 26 de Abril de 1937.

La dama de las Camelias que cuenta la desgarradora historia de amor entre una cortesana y Alexandre Dumas, el hijo de Alejandro Dumas, bajo pseudónimos por el propio Alexandre. Esta obra fue llevada a las tablas de la ópera mediante la Traviata y en varias adaptaciones cinematográficas como la del año 1936 protagonizada por Greta Garbo y Robert Taylor.

La escritora chilena Isabel Allende en la novela Paula (1994) comienza con una carta a su hija del mismo nombre que en el año 1991 entra en estado de coma. Durante la hospitalización comienza a escribir las primeras líneas de una novela que ve la luz dos años después de la muerte de su niña, y en en el que se acompaña a la autora en el proceso de aceptación, resignación y comprensión de que su hija ya no está en ese cuerpo que yace en una cama de hospital.

En el panorama musical destaca la canción Tears in Heaven de Eric Clapton dedicada a su hijo y que narra el accidente sufrido por el pequeño de cuatro años al caer de una ventana de un hotel. La modelo italiana Lory del Santo confiesa que décadas después de la tragedia no ha sido capaz de escuchar la canción que otorgó a Clapton tres Grammy en el año 1993. Y el propio autor no puede evitar desgarrarse al interpretarla en sus conciertos como la primera vez.

Tears in heaven

Would you know my name?
If I saw you in heaven
Would you be the same?
If I saw you in heaven


I must be strong
And carry on
‘Cause I know I don’t belong
Here in heaven


En el cementerio protestante de Roma en mármol y piedra se alza un monumento funerario llamado el Ángel del dolor o ángel de la pena (L’ Angelo del dolore), construido en 1894 por el estadounidense William Wetmore. Se trata de una obra en honor a Emelyn Story. Un año después su autor encontraría la muerte y sería enterrado en el mismo lugar que su amada.

En los inicios no fue una escultura que llamase poderosamente la atención a pesar del realismo con el que Wetmore consigue expresar la pena a través de la postura del ángel, con el rostro escondido y cubierto por el antebrazo en el estallido del llanto y cuyas alas caen, en recogimiento y luto. La escena la finaliza las flores esparcidas por los escalones. La técnica de la escultura se observa en las arrugas del ropaje del ángel. Actualmente cuenta con réplicas entre las que destaca la de la Universidad de Stanford y ha sido utilizada en la portada del disco de Evanescence EP (1998); aparece en la película de horror británica la Mujer de Negro y en el videoclip oficial de Siempre, adiós Dulcinea de Mago de Öz.

Según varios artículos de psicología, las cinco etapas del duelo: negación, ira, negociación, depresión y aceptación no tienen una duración estándar ni unos efectos y resultados comunes. En ese proceso más o menos extenso en el tiempo se producen en la persona que soporta el duelo reacciones psicológicas y físicas y la necesidad casi irrefrenable de expresar los sentimientos que se acumulan en su interior.

El arte se convierte en un vehículo canalizador de emociones que libera al doliente del peso que siente en el pecho.

Y esto ha devenido en un concepto denominado arteterapia.

Así que aunque mil lágrimas nublan mi vista mientras escribo este artículo y desenredo en cada palabra, con cada tecleo, cada sentimiento de rabia y frustación; te digo -querido lector- que, no te voy a mentir: duele, escuece, quema y desgarra. Que el duelo aparece y no desaparece, pero que escribirlo, pintarlo, hablarlo o gritarlo y llorarlo, calma -por unos instantes- el alma herida y otorga descanso -momentáneo- a los pensamientos más tristes y negros que se pasean y deambulan por nuestro cerebro.

Por ello, desde aquí, si estás como yo en proceso de duelo, te digo, querido lector: recondúcelo y crea del más oscuro pesar algo nuevo. Convierte lo negativo, moldéalo, y transfórmalo en positivo.

Crea arte.

Y que el dolor sea un color más que componga ese óleo.

Firmado:

Patricia P. Picatoste

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