El tiempo pasa…

Para las personas, y la experiencia se hace perceptible con cada surco que se dibuja en la piel.

Para las cosas…

Es imposible de paralizar.

Y más concretamente en las obras de arte cuyo máximo interés es su permanencia en la historia para que generaciones y generaciones puedan disfrutar de ellas. Una ardua tarea que requiere una serie de conocimientos técnicos para un mantenimiento óptimo.

No es desconocida la historia de una anónima Cecilia Giménez Zueco que pasó al panorama internacional en el año 2012 por tratar de restaurar el “Ecce homo” de Borja -Zaragoza-, una pequeña pintura mural apenas medidas de 50 cm por 40 cm, del autor Elias García Martínez. La pasión por la pintura, la cercanía al templo donde se ubicaba y la buena intención pudieron tener consecuencia en el patrimonio cultural de la localidad.

Más actual es el caso del Faro de Ajo en la comunidad autónoma de Cantabria, en su origen blanco como el resto de los faros del panorama costero. El propósito de la estructura es que la luz guíe a los navegantes, lo que depende de la altura del faro, la potencia de la luz que viene de su interior.

Según el libro oficial de sistema de balizamiento de puertos del Estado los colores establecidos por la normativa para los faros son el blanco, el rojo y el verde.

Normativa sobre faros.

De hecho la obra de Okuda no es la única realizada sobre este tipo de señales lumínicas, que han creado controversia, como es el caso del Faro de Torre Mar en la costa de Málaga, denunciándose por parte de UGT que se está sustituyendo -en este caso- la función para seguridad de las embarcaciones por la atracción turística.

Más recientemente, se ha publicado en las propias redes sociales de la Librería Lello (Oporto-Portugal) -la famosa escalera de la película Harry Potter-, que para festejar el cumplimiento de sus ciento quince años han realizado una modificación en la escalinata con los colores designados por Pantone para el año 2021: el amarillo y el gris.

Livraria Lello Oporto (Portugal)

Ya anteriormente, habían estado pintadas de rojo.

Los comentarios balancean entre los que aplauden la osadía y la adaptación moderna y los que desearían que la escalinata volviese a sus orígenes.

El fatídico incendio en 2019 de la Catedral de Notre-Dame de París cuyas desastrosas consecuencias además de la perdidas de las cristaleras, gárgolas y el rosetón principal, provocó la caída de la aguja del siglo XIX fue un duro varapalo para el patrimonio mundial.

En un principio, la restauración para la que se realizaron varias potencias económicas mundiales, actualmente paralizada por la crisis del coronavirus, también fue objeto de debate. Los más conservadores solicitaban devolverle su imagen original; otros abogaban por aprovechar el terrible hecho y darle al tejado y a la aguja una imagen más moderna, propia del siglo actual, como el propio presidente de la República, Emmanuel Macron. En el concurso las opciones y diseños incluían entre otras ideas un techo invernadero, nuevas cúpulas con funciones separadas o la implementación de la aguja pero rodeada de cristal.

Finalmente se ha seleccionado a los diseñadores Zeyu Cai y Sibei Li como los ganadores del nuevo diseño de la aguja, pero los materiales y el proyecto final se dará a conocer a lo largo de este año.

Como en el caso de los faros, diferentes instituciones y normativa influyen y determinan la renovada imagen de Notre-Dame de París sobre todo en cuanto a las técnicas y los materiales.

Un artista desde que se revela como tal sufre un dilema de personalidad y de inspiración (como bien se explica en el artículo titulado Fenómeno del bloqueo creativo) hasta que encuentra su verdadero yo, lo que le hace diferente al resto y lo que le hace destacar en un mundo tan complejo como es el del arte. Por ello, es imposible que deje de lado su propio ser para rehacer una obra que nada tiene que ver con su estilo, sino que la hace suya.

¿Se puede hablar de restauración cuando se contrata a un artista cuyas obras reflejan una personalidad específica y que al final constituye su firma y marca? ¿Debería contratarse simplemente a un restaurador profesional cuyo único propósito sea mantener la obra original intacta? ¿Es lícito darle una nueva imagen a una obra integrante del patrimonio cultural?

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